lunes, 7 de marzo de 2011

1

Querida Calamity:

No sé si sería todo más fácil con unos cuantos tragos. Tú lo sabrás mejor que yo. Me he despertado con buenas noticias. Pero he tenido la tarde más triste de los últimos tiempos. Todo se derrumba sin remedio. Y aún así creo que podré seguir adelante. Algo se me rompe dentro, pero parece que fuera todo sigue igual. Ahora ya no soy de nadie. No pertenezco a ningún lugar, a ningún cuerpo. Cada uno de sus 206 huesos ha dejado de ser mío. Ni una sola de sus 24 costillas se pudrirá junto a las mías. No podremos ser el mismo fosfato de calcio deshaciéndose en la tierra. Desasosiego. Él se pregunta si no estará ya muerto. Pero yo no, lo sabes, yo no. Resisto para escribirte al llegar la noche. Como si escribirte fuese encender una hoguera. Y me acerco corriendo al fuego. Porque sólo tú eres capaz de derramar un poco de aguardiente sobre m
is heridas. Y lamer mis pestañas chamuscadas. Y no dejarme caer. Sé que vas a enseñarme a combatir mi propio dolor. Aunque no pienso ir a jugar al póker.

Quiero que sepas algo. Cuando digo tu nombre sólo puedo hablar de amor. O de desamor. O del puto amor. O de amor apache. ¿No es lo mismo? ¿De qué h
ablamos (si no es de amor) cuando hablamos del Oeste? Todos se han olvidado de esto. Todos esos hijos de puta que cuentan lo que les da la gana. Como si tú ni ninguna de vosotras hubiese existido jamás. Si alguien vuelve a decir que eres una puta borracha y nada más, se va a arrepentir. Ya lo verás.

Te lleva dentro siempre,

la otra calamidad

sábado, 5 de marzo de 2011

hasta la muerte

Tengo la costumbre de leer la última página de los libros antes de empezarlos. R. me lo enseñó. Es una prueba. Si la última página merece la pena, entonces me voy a la primera. Así que la primera apachería que leí fue la nº 50. Resulta que en México, al amor con sufrimiento se le llama popularmente “Amor Apache”. Y yo me pregunto qué otros amores hay. Descubro que el mío siempre ha sido apache. Y estoy cansada. Llanto, gritos, amenazas, idas y venidas, y luego promesas, calma, sueño y calor. Vuelta a empezar. No quiero venganza. Sólo necesito unas buenas botas para huir. Y que aguante el corazón.


Calamity Jane en la tumba de Wild Bill Hickok en Mt. Moriah

Por qué hay algunos libros que parecen hablarme directamente a mí. Qué hijos de puta. Luego no puedo abandonarles. Voy cargando con ellos en cada mudanza. Son "los escogidos". De vez en cuando los abro por cualquier página, para que vuelvan a susurrarme algo. Creo que a la literatura no hay que pedirle que sea buena o mala. Yo le pido que me hable, que me atraviese, y lo más importante, que me meta prisa por vivir y escribir. Y ahora tengo tanta prisa que corro peligro.

jueves, 3 de marzo de 2011


Actos poéticos = RESISTENCIA
(está claro)

miércoles, 2 de marzo de 2011

Lejía west. Actos de hoy.

1 No parar de leer PURO FAR WEST hasta liquidarlo. El insomnio, si es voluntario, puede ser un acto poético (dependiendo de lo que se haga para mantenerse en pie).
2 Limpiar hasta el último rincón. Lo que llaman "limpieza general", pero empezando a las 7 de la mañana. He combatido las arizónicas y los ácaros. He barrido, fregado, frotado, aclarado, con todo el incorformismo del que soy capaz. He sacado brillo. He cantado aullando. He sudado. Y ya se sabe.

Ahora empieza el día.


Hoy no me extinguiré.

martes, 1 de marzo de 2011

se me ha olvidado decir

...que ya sólo quiero actos poéticos en mi vida, darle sentido a cada uno de mis gestos y a los gestos que me rodean, y no sólo eso, sino que sean "actos, gestos o trazos del que se niega a ser absorbido, asimilado, amordazado o exterminado" (Apacherías). Ese es el único esfuerzo que merece la pena hacer.
La coca cola y las palabras emborrachan, y sobre todo las-historias-que-no-son-historias. Las historias-a-secas aburren, cansan. Pero las historias-que-no-son-historias siempre dejan con necesidad de más. Porque quitan las ganas de dormir. Porque dan ganas de escribir y follar, de chillar y correr y pegar, y de hablar en inglés macarrónico. Porque llenan los minutos como nada más en el mundo. Porque sacan la sonrisa de la garganta y descosen las heridas. Porque pueden encender una hoguera en cualquier bar.
Para que las historias no sean historias, tienen que ser viajes, tesoros, y sobre todo, secretos. Y esos secretos han de ser desvelados siempre como si fuese la primera vez (aunque sea la centésima vez) y tienen que dar vueltas hasta quedarse anclados en algún lugar entre el esternón y los isquiones.

Para que las historias no sean historias no es necesario que sean verdad, pero es mejor creer que así es y que quien las cuenta asegure que no miente.
No hago más que darle vueltas a las “Apacherías”. Literalmente. Las Apacherías se doblan y desdoblan, se despliegan como un mapa, se superponen, te arrastran, te abandonan, las retomas, te pierdes, y a la vuelta de la hoja te sacuden, te recuerdan el indio que hay en ti y las preguntas que una vez te hiciste y luego te esforzaste en olvidar, te despiertan, te llevan del presente al pasado, y al revés, se reflejan como espejitos mágicos del desierto, se alimentan, se pelean, se sostienen unas a otras.
Es extraño. Después de todo, creo que podría morirme sin pisar el Oeste. Morirme esta noche borracha de historias-que-no-son-historias, de apacherías, de revoluciones. Morirme creyéndomelas todas todas todas, como una niña.
Al menos ahora sé que el Oeste no me lo inventé yo.

lunes, 28 de febrero de 2011

la india que hay en mí

Ese libro extraño ("Apacherías") me ha recordado algo, cuando todavía no tenía miedo:




sábado, 26 de febrero de 2011

Odio lo estúpidas que se vuelven algunas mujeres delante de algunos hombres los viernes por la noche. Y todavía odio más darme cuenta de que yo también lo hago. Ponerme estúpida.

viernes, 25 de febrero de 2011

Ríos de caballos y más

En “Apacherías del Salvaje Oeste” (de Javier Lucini) convergen todos los indios.
Indios de juguete. Indios de plástico. Indios de azúcar. Indios en tecnicolor. Indios que no se llevan el premio al mejor disfraz. Indios con ojos azules. Indios pintados. Indios perdidos y rescatados. Indios muertos. Indios desconocidos. Olvidados. Resucitados. Indios de fotografías descoloridas. Indios de pesadilla. Indios que muerden. Indios que lo han perdido todo. Indios que viven en los huecos de los árboles. Y algunos indios vivos. Indios de verdad. Indios expulsados del paraíso. Indios arrastrados fuera del mundo, a partir de la conciencia de la muerte futura, de lo que se acaba y no vuelve. Indios que atraviesan el presente.
“Como apuntaba E. S. Curtis a propósito de los indios en general, no había ni un solo gesto en la vida de Henry que no implicase alguna suerte de ceremonia o no fuese en sí mismo un acto religioso (yo diría mejor: poético)”, cuenta Lucini sobre el poeta crow.
Henry Real Bird está aquí, en todo lo que hace. Respira en esa fractura entre las cosas y el decir de las cosas, a través de esos actos poéticos que dice Lucini. Se sostiene entre el pasado y el futuro, en el presente más doloroso. Se puede sobrevivir a través de la poesía, sobre todo cuando no hay distinción entre poesía y vida, y todo forma parte de lo mismo. En este momento creo que es la única aspiración posible.
Quizá tiene razón Lucini, y la literatura es la única salvación (o acción) para quien se extingue. Avivar la Llama.
Apacherías Apacherías Apacherías Apacherías Apacherías Apacherías Apacherías

miércoles, 23 de febrero de 2011

Rótulas arriba, pelvis delante, trapecios abajo, garganta abierta. Vuelta a empezar. Todavía no estallo, mi riñón único aguanta. La sangre sigue llegando adonde se supone que llega. O eso creo. No tengo certezas. Pero no está del todo podrida. He estado pensando qué sentido tiene todo ésto (el blog, la pantalla, el teclado, las contraseñas), todo ésto que tiene tan poco que ver conmigo. O con mi sangre. No he llegado a ninguna conclusión. No sé si seguir o no, si escribir más, u otras cosas, si vomitar o no, y si me sirve. Sigo sin saberlo. Y vuelvo. Con ganas. Hay lecturas que me devuelven las ganas de todo, que me encienden y me revolucionan, que me hacen más fácil vivir (o convivir) en el mundo.

jueves, 25 de noviembre de 2010

La enfermedad o la desventaja o la debilidad forma parte de mí. Por qué no asumirlo de una vez por todas. No he saltado vallas, no me he subido a muchos árboles, no he patinado ni sobre cuatro ruedas, no he subido el borde de la acera con la bici, no he sabido nunca hacer el pino. Siempre le han pasado cosas diferentes a mi cuerpo. Conocí el hospital pronto y el sol de invierno, mientras el resto seguía en clase. Era una fiesta. Me hacían sentir fuerte con los pinchazos y las ecografías, y me premiaban con un croissant.
Cada vez que vuelvo a tener un esguince, o a tener fiebre, o alergias, o cuando me toca revisar mi riñón, cada vez que me pinchan, o que se inflaman los ganglios, o que detecto la infección, o que se atraganta una vértebra, o que miro el techo de la sala de espera, o que me duele al mear, o que meo en un bote de plástico, o que espero a que las pastillas efervescentes se disuelvan, hay algo, algo nuevo se revela, arde suavemente.

Y ahora me doy cuenta, qué inútiles fueron mis intentos por aparentar lo que no soy, peleando y mordiendo. La enfermedad continúa. O la desventaja. O la debilidad. Y me sigo preguntando cómo lo hice. Cómo lo hice para ponerme a la altura de los fuertes.
Y no sé si quiero seguir esforzándome.

martes, 23 de noviembre de 2010


y cada vez que toses crees que algo se te va a escapar, un órgano o algo peor, y que nunca más lo recuperarás

miércoles, 17 de noviembre de 2010

enfermedad del alma

Todos los enfermos producían esputos ininterrumpidamente, la mayoría en grandes cantidades, muchos de ellos no tenían sólo una sino varias botellas de escupir al lado, como si no tuvieran tarea más urgente que producir esputos, como si se animasen mutuamente a una producción cada vez mayor de esputos, todos los días se celebraba aquí una competición, eso parecía, en la que, por la noche, se llevaba la victoria el que había escupido más concentradamente y en mayor cantidad en su botella de escupir.


El Frío, Thomas Bernhard

esputo

Noche cuarta. Sigo escupiendo como una condenada, llevo cinco días y cuatro noches escupiendo flemas amarillas sin parar, más o menos húmedas, por la mañana sangrientas. No se terminan nunca. Son mis trabajos forzados. Me acuerdo del pobre Prometeo, encadenado a una roca donde un buitre le devora el hígado. El hígado le crece por la noche, y así el buitre continúa martirizándole. En algún momento mi flema se sigue multiplicando para que yo tenga que seguir escupiendo eternamente.
Ese es el secreto de los castigos de los dioses, tal vez luego alguien venga a salvarte, pero en principio son para siempre. La piedra de Sísifo se le cae una y otra vez y él nunca puede alcanzar la cima. Podría aceptar que un buitre se comiese mi hígado una vez o que un día tuviese que subir una piedra por la montaña. Pero no podría aceptar que eso sucediese sin fin, como no acepto tener que escupir cada medio minuto, y ya llevo cinco días. Siento un pozo en el pecho; no hay corazón, ni pulmones, ni bronquios, sino un pozo inmundo.

martes, 16 de noviembre de 2010

febril

En mi tercera noche luchando con la fiebre empiezo, no sé por qué, a intentar recordar todas las casas en las que he vivido, y luego intentaba acordarme de cómo eran antes de las reformas, y de los colores y papeles diferentes que han ido teniendo las paredes, y cuántas veces y cómo he cambiado la disposición de mis cuartos, y qué posters exactamente hubo pinchados, y qué citas escribí con rotulador waterproof sobre el gotelé, y cómo olía el corcho del suelo, y cómo entraba girando la luz la luz la luz

viernes, 12 de noviembre de 2010

y aguantar

Subirme al bus con los cascos, y apoyar la frente en el cristal, y dejar que rebote, y no ver el asfalto sino el cielo avanzando, e imaginar las vistas que deben tener las azoteas, las terrazas, las buhardillas, y olvidarme de la oscuridad mientras Glenn Gould se me clava en la oreja: así aguanto hoy.

jueves, 11 de noviembre de 2010

¿Qué coño es eso de la "felicidad"?

Estoy harta de toda esa gente que se esfuerza tanto por ser feliz que se lo acaba creyendo y es feliz todo el rato. TODO el rato. Cuando llega, cuando se va, cuando se levanta, cuando se acuesta. Es como si esnifasen alegría o algo, y disfrutasen cada minuto de todo, y siempre las cosas van bien y sobre todo, irán mejor, mucho mejor. Porque esa gente tiene una fe ciega en el futuro, en que las cosas finalmente saldrán, porque se esfuerzan mucho y se lo merecen, y se verán recompensados.
Sea lo que sea, la felicidad, estoy en contra.

Nada de lo que me habían dicho se ha cumplido, nada de lo que yo me había imaginado se ha hecho realidad.

Sólo puedo ocuparme de sobrevivir hoy. Y este odio hacia la gente feliz, la gente que le va bien, la gente que confía y que consigue todo, que acaba lo que empieza, y que parecen seguir una línea recta sin torcerse jamás, me da fuerza. El odio me fortalece. Estar en contra o no estar.


sábado, 30 de octubre de 2010

Sí, estoy llena de rencor y odio. Empiezo a sospechar que no se va a terminar. Seguro que acaba sirviendo para algo.

viernes, 29 de octubre de 2010

resistiendo

En estos días de aislamiento pienso en ese misterioso libro que escribió T.E. Lawrence, Guerrilla, en el que desvela con clarividencia las estrategias del combate en el desierto. Lawrence está convencido de que la guerra puede vencerse sin derramar sangre, es decir, sin librar la batalla. Su idea de guerrilla se basa en la ausencia, en el conflicto a distancia, en la invisibilidad. Lawrence propone “no entrar jamás en contacto con el enemigo, no ofrecerle nunca un blanco”.

Lawrence comprende que la disciplina del ejército regular impone un límite de energía alcanzable, restringe y asfixia la individualidad para obtener el mínimo común denominador de los hombres. Y sabe que la preparación del guerrero debe ser tan meticulosa a nivel físico como moral y espiritual, porque ante el enemigo siempre estamos solos. Lawrence afirma que “en la guerra irregular si dos hombres están juntos uno está siendo despreciado. La tensión moral que implica la acción aislada hace de esta forma de guerra simple algo muy duro para el soldado individual, y exige de él una iniciativa especial, resistencia y entusiasmo”.

Como soldado en el margen le pregunto a Lawrence quién va a recogerme si me derrumbo, si dudo, si ardo, si enfermo.

Lawrence propone ser como el viento, estar en todas partes y en ninguna, siempre en otro lugar, negándole al enemigo un blanco contra el que disparar. No ver al enemigo, ni dejarse ver por él. Desaparecer. Porque “los fantasmas pueden causar mucho miedo a los ejércitos”.