Es algo que yo digo mucho pero que nunca cumplo. Siempre acabo volviendo.
Así que no me voy a poner tan radical. Pero voy a decir que no creo que vuelva a ver nada más de Álex Rigola. Con San Tom Stoppard no me voy a meter. La obra me dieron ganas de leerla tranquilamente en mi casa, sin tanto artificio alrededor.
A mí lo que me preocupa es no emocionarme nada.
Joder, la obra dura casi 3 horas (que no aguanté). Es un despliegue constante de medios. Y algunos sabemos lo que puede costar cada caprichito: el césped, la plataforma que se eleva, la nieve... Rock'n'roll es como una demostración de perfección. La iluminación, las transiciones, el uso del espacio... Pero y después ¿qué?
Es una pena que no sea una demostración de fuerza. A mí me encanta sentir a un actor dejándose la piel a toda costa.
Pero aquí no había lugar para eso, se trataba de decir todas esas palabras juntas (un grandísimo discurso detrás de otro), y chillarlas para que todo el mundo las oiga, y hacer entonaciones para que no sea tan monótono. A eso lo llaman "defender la palabra". Cuando no sucede nada en el cuerpo, cuando no hay emoción -ni verdadera ni falsa, ni en el espectador ni en el actor, ni en todo el montaje-, le llaman "defender la palabra". Un teatro de la palabra. Qué cojones es eso.
¿Se refieren a que me tiene que "estimular intelectualmente"?
Había algo robotizado en la obra, es una sensación: el ritmo, el engranaje estético, y los actores en medio... Una maquinaria en la que era bastante difícil entrar (y disfrutar). Formas vacías. Qué tristeza.

Claro, si no se tiene ningún sentido del humor -como es mi caso-, experiencias como la de Rock'n'roll pueden destrozarte. Lo único que me queda es mi libertad para no volver a ver una "rigolada". No hay nada más que pueda hacerse frente a estas monstruosas producciones...
1 comentario:
al teatro no hay que ir,
yo no voy,
tururú,
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